
Prince y Red Hot Chili Peppers
En estos días han salido, casi en simultáneo, los nuevos trabajos de dos nombres clásicos de los últimos 20 años del rock: Prince y Red Hot Chili Peppers.
Sin lugar a dudas, fuero dos iconos de la música emparentada con el desborde de sensualidad, el desenfreno y el glam rock de los 80 y los 90.
Ambos discos, 3121, del hijo de Minneapolis, y Stadium Arcadium, de los californianos, son un perfecto ejemplo de ese transcurrir del tiempo que va marcando el equilibrio de los artistas.
Los nuevos álbumes de Prince y de la banda de Anthony Kiedis conforman un testimonio sonoro de la evolución.
‘3121’ – Prince
Prince se deleita entregando unas tres o cuatro canciones que dejan sin aliento (como The Dance, Fury, o la súper distorsionada electro-funk Lolita), para dejar el resto liberado a la imaginación, el gusto personal y las ganas de cada escucha. Por momentos más caliente y bailable (Get On The Boat, Black Sweat), en otros romántico y melodramático —sí, ese consabido histrionismo del cetrino Casanova... (Te amo corazón, Incense and Candles). Prince no es más ese demonio de Dirty Mind (1980) y Lovesexy (1988), pero sigue siendo, gloriosamente, "el genio de Minneapolis".
‘Stadium Arcadium’ – Red Hot Chili PeppersStadium Arcadium es un disco doble. Duradero, largo, continuo.
Un álbum que se va desenrollando sutilmente ante la primera escucha, que está impregnado de canciones bellas, con coros sutiles y momentos enternecedores.
Los Red Hot Chili Peppers ya no son chicos de 20, traviesos y descontrolados. Pero tampoco lo son sus seguidores. Por eso seguramente seguirán vendiendo discos. Porque tanto ellos, como los destinatarios de su música, son gente que ya transpiró durante un buen rato la camiseta y hoy pueden sentarse a ver un atardecer, sin necesitar de tanta disonancia para sentirse vivos.